La mirada de Sirio de Diego Gil Los ojos serán el espejo del alma si no fuera por la máscara muscular capaz de pervertir el elocuente mensaje de la mirada, y la vida entonces sería puro teatro si de algœn modo pudiésemos gobernar tal máscara fantasmagórica.

Incapaces de tal prodigio, vemos y miramos con una torpeza tan obstinada en mostrarnos el mundo a nuestra manera como en demostrar los paradigmas fundamentales de nuestra delirante adscripción.

La mirada, pues, se configura como una suerte de vestidura invisible, como un ropaje más. La configuración social de nuestro reto mundano se apuntala sobre la vista tanto como en la propia respiración, y en este mirarnos contínuamente configuramos nuestros modelos propios, delimitamos poco a poco nuestra propuesta de imagen, nuestro vestido para la función. Por la vista, leemos la mirada ajena y somos capaces de percibir a tientas otra impostación semejante a la nuestra, perdida entre el deseo de verdad y el anhelo de apariencia de otra verdad.

Desde la hipnosis yoica de Rasputín hasta el regalo inmaculado de la mirada de la virgen, el ojo que mira confiere al rostro los infinitos vacíos de la palabra. Miramos activa y pasivamente; miramos a quien nos mira; escudriñamos la imagen delatora del espejo... La mirada, como voz babélica, como lenguaje siempre extranjero, constituye nuestra particular plaza fuerte y, a la vez, nuestra entrega, nuestra desnudez.

Cuando varias miradas se cruzan en un encuentro imprevisible, se produce entonces la cristalización de una constelación: ojos envueltos por la geometría celeste de las insalvables distancias. Ojos como estrellas, aparentemente cercanas, e inevitablemente perdidas en el desencuentro. Son nuestros ojos extranjeros que hablan más allá de nuestro desconocimiento.
 
 

A.S.Lauro